Me sorprende como la cosa más desapercibida puede hacerte reír en un mal día.
Hoy me he levantado con una sonrisa medio desecha, he tomado un vaso de leche y me he vuelto a dormir. No tenia ganas de hacer nada, ni de enfrentarme a otro día lluvioso y rutinario. Mi perro como siempre (no falla ni una mañana) a aprovechado que la puerta de mi habitación estaba abierta, gracias a mi madre, se ha acercado con sus patitas, las cuales reconozco por el ruido que hacen sus uñas sobre el parqué, y me ha despertado con mordisquitos en la oreja. No entiendo como un perro, tan bruto y sin conocimiento de la sensibilidad de una oreja, puede darme esos mordisquitos sin lastimarme y haciendo cosquillas. A veces me pregunto si ha sido humano en su otra vida.
He ido al gimnasio, y después me he dirigido a la casa de una amiga, recién mudada con su novio. En el camino, tenía puesta la radio y tan sólo sonaban canciones sentimentales, lo que ha hecho que me unda aún mas en mi miseria. Sin embargo, como si fuese cosa de película, intervino un angelito de la guarda o simplemente casualidad, la lluvia cesó y en la radio sonaba una de mis canciones favoritas, esas canciones optimistas de las cuales nunca te cansas.
Ya me sentía mejor, pero lo único que ha conseguido sonsacarme una sonrisa ha sido un ciclista de unos cincuenta años, vestido con pantalones verdes y camiseta naranja, o a la inversa porque ya no lo recuerdo bien, con una cara amable y a su vez peculiar, el cual llevaba un casco con dos enormes antenas de insecto con pompones en las puntas. Al verlo, instantáneamente se me ha iluminado el rostro, como si un hada mágica me hubiese dado con su varita y me hubiese puesto una sonrisa.
Es increíble como las peculiaridades de la vida nos hacen sonreír. No necesitamos que nos cuenten un chiste ni ver una película de risa, tan sólo hemos de fijarnos en esas pequeñas cosas que le dan chispa a la vida, todos las tenemos ahí, tan sólo hay que prestarles atención.

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